LOS GRANDES RÍOS DEL OCÉANO

Inmensas corrientes submarinas transportan calor de un lado a otro de la Tierra impulsadas por las diferencias de temperatura y salinidad  entre las diferentes puntos de los océanos.

 

El País, 17 de enero de 2001.

            En la imagen puede observarse el efecto impresionante que produce una gran corriente de agua oceánica proveniente del norte que, a su paso por la Costa de Labrador (EEUU), arremolina los trozos de hielo que arrastra en dirección sur. La fotografía fue tomada por la nave Endeavour de la NASA en órbita en diciembre del año 1992. El iceberg que perforó el Titanic probablemente pasó por aquí en su camino hacia mar abierto. La foto forma parte de la colección fotográfica que aparece en la obra "Órbita" editada por National Geographic Society en 1996.

La magnitud de estas corrientes submarinas es enorme en relación a la de los ríos de los continentes. Así, una sola de estas corrientes, como es la del Golfo proveniente del Caribe, vierte en Europa 30 millones de toneladas de agua caliente por segundo, frente a sólo un millón que descargan en conjunto todos los ríos del mundo. Los científicos están empezando a conformar el gran rompecabezas que unifique a todas las corrientes oceánicas tanto superficiales como submarinas, llamando al circuito en su globalidad como "circulación termosalina". Dicho nombre se debe precisamente al motor que lo origina y mantiene, es decir, las diferencias de temperatura y salinidad entre diferentes zonas. El agua más fría y salada, al ser más densa, se hunde hacia el fondo, mientras que el agua más caliente y menos salada asciende. Las regiones océanicas en las que el agua se hunde se llaman "fosas", y las dominadas por agua cálida y menos salina "afloramientos". Por cierto, en los afloramientos, al ascender gran cantidad de nutrientes del fondo del mar, se favorece la microfauna y por tanto el asentamiento de los mayores bancos de peces, siendo así las regiones de mayor riqueza pesquera del mundo. En la figura adjunta se observa que las fosas oceánicas más grandes de la Tierra están en el Atlántico norte, en la zona de Labrador y Groenlandia, en se combina el frío polar con la mayor salinidad del agua superficial al retirarse agua dulce en la formación del hielo. Esta corriente atraviesa el Atlántico en dirección sur, siendo substituída en superficie por una corriente de agua caliente proveniente del mar Caribe, que es capaz de aportar al occidente de Europa un 20% más del calor que esta región recibe del sol en invierno. Por su parte, las aguas más profundas siguen su curso hasta la Antártida, donde se unen a una especie de circuito de corrientes que rodean al polo sur, unificando los océanos Atlántico, Pacífico e Índico. Estos dos últimos océanos, Pacífico e Índico, al no tener hielo apenas en su superficie, carecen de fosas abisales, pero aún así presentan corrientes entre ambas cuencas debidas a diferencias de precipitaciones y temperatura.

            Ahora surge una gran pregunta: ¿cómo se equilibra la inmensa cantidad de agua que se hunde tanto en el Atlántico norte como en los alrededores de la Antártida? La falta de afloramientos grandes suficienes para conseguir contrarrestar a las fosas de los polos, sugiere una mezcla y turbulencia gradual de zona a zona.

            Una segunda pregunta se puede hacer: ¿sabiendo que se precisa una gran cantidad de energía para conseguir mezclar dos corrientes de agua de diferente temperatura y salinidad, de dónde proviene la energía para esas turbulencias y agitación en los océanos? Según Gary Egbert, de la Universidad Estatal de Oregon en EE.UU. (Nature, 15 de junio 2000), dicha energía proviene de la Luna; a partir de observaciones desde satélites artificiales, dedujo que aproximadamente un tercio de la energía que la Luna aporta al mar (unos 3 terawatios) logra penetrar hasta las profundidades oceánicas.

            Sin embargo, todo esto no está cerca de determinarse con toda claridad. De hecho, una de las cuestiones candentes hoy día consiste en la determinación de la variabilidad en el tiempo de dicha circulación submarina. Así, investigando conchas de protozoos foraminíferos del Caribe y calculando la densidad del agua en el momento de su muerte (hace 12.000 años) gracias al espesor de sus conchas, el equipo de Lynch Steglitz (Nature, 9 de diciembre de 1999) descubrió que la "cinta transportadora" de agua en los océanos era mucho menos importante que en la actualidad, posiblemente por un menor hundimiento de agua en los polos. Parece haber, por tanto, dos modelos estables de circulación de corrientes de agua en los océanos: uno como el actual y otro como el de las eras glaciales. Lo que no está claro es cómo se cambia de uno a otro. Además, preocupa enormemente la transición al modelo glacial, lo que implicaría que el planeta, especialmente el hemisferio norte, se sumiría en período de frío de al menos 30 o 40 años con rachas de vientos fríos procedentes de Groenlandia.

            En el futuro, se están haciendo predicciones, basadas principalmente en el análisis de los nutrientes (fosfatos, nitratos, carbono) de la superficie, para determinar los afloramientos y las fosas, complementados por la composición mayor o menor del agua en carbono 14 (teóricamente mayor en superficie, al estar en contacto con la atmósfera, que es donde se forma este isótopo del carbono). También se ayudan los investigadores de la observación de la superficie por el satélite franco-americano Topex-Poseidon. Con todo ello, se ha llegado a la conclusión de que el ciclo completo se desarrolla en unos 1.000 o 1.500 años, pudiendo disminuír dichas corrientes hasta el paro total en las épocas glaciares. Sin embargo, últimamente el estadounidense Wallace Broeker (Science, 5 de noviembre de 1999) rechazó una variación tan extrema, al sugerir un menor hundimiento de agua en torno a la Antártida, basándose en el desplazamiento de los clorofluorocarbonos en el fondo del océano. Así pues, la circulación termosalina de los océanos es un fenómeno complejo que permanece aún sin descifrar en toda su complejidad.